HOMBRES DE LUZ Y BARBAS

Una vez más las manos son el vehículo que os conducirá como hombres arrastrándoos por el invierno de la capital del Estado.

Y nada hace presagiar que vuestros gritos, que ahora se pueden ahogar en un vaso de bilis, lleguen algún día a oídos del fornido astronauta, quien tras bajar de la luna enloqueció de espionaje crónico.

Pero una sola advertencia os hago, hombres de luz y barbas: cuando amaine la calma, todos volveréis a vuestras primitivas guerras de andar por casa. Y el más audaz tal vez se prenda un fuego en la solapa a modo de insignia. O a modo de alma.

Donde cada río alcanza su máximo caudal, allí donde los más cándidos orináis o eyaculáis vuestros sueños, allí donde el viento sería capaz de borrar los rasgos más significativos de vuestros rostros viriles, allí donde cada río alcanza su máximo caudal; trituraremos juntos el tiempo y con su harina construiremos nuestro hogar.

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