El huracán de los espejos. (Novela en verso)

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Capítulo I. Infancia

Hice la maleta a toda prisa

porque se acercaba el huracán

y los manifestantes de la plaza continuaban en silencio.

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Ahora dicen que ya han pasado cientos de años,

tal vez minutos,

que ya a nadie le interesa.

Sin embargo a medida que cuento el suceso

tengo la impresión de que las aves despluman sus alas,

enmudecen sus picos,

vacían sus buches,

quiebran sus patas.

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Ahora dicen que han pasado cientos de años.

tal vez segundos,

ya no hay reseñas ni en las hemerotecas

ni en las grietas del museo antropológico.

Sin embargo mi mirada se extiende más allá de los horizontes,

más allá de los versos y sus universos,

tengo la impresión de que los mapas despintan sus cordilleras,

borran sus ciudades,

secan sus mares,

mientras reverdecen sus escalas.

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Ahora dicen,

pero en realidad nunca callaron, nunca olvidaron,

yo sé que nunca olvidaron,

yo sé que nunca callaron.

Pretendieron que aquello era producto de mis fantasías,

de mis inviernos,

de mis delirios de grandeza o de gentileza.

.

No, yo sé que nunca olvidaron

porque les oía blasfemar cada amanecer,

ellos creían que nadie escuchaba,

suponían que el sueño dormía.

Gritaban como psicofonías de ultratumba,

se desnudaban y se devoraban mutuamente,

bebían cada uno los recuerdos de los otros,

calzaban cada otro las heridas de los unos.

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Hice la maleta a toda prisa

en soledad y en silencio

porque se acercaba el huracán,

los manifestantes de la plaza habían enmudecido,

mi reloj de pulsera tenía la pila agotada,

había perdido la señal de internet,

y mis manos habían encallecido.

Tuve un presentimiento,

una sacudida neurofuncional,

como cuando uno siente que el presente ya se ha vivido antes,

tal vez en un sueño premonitorio,

posiblemente en una paralela realidad.

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Pero debería empezar este relato exponiendo sucintos antecedentes.

Nací en tiempos de la dictadura,

pero a 365 kilómetros del dictador,

en Montijo,

un pueblo extremeño donde anidaban las cigüeñas,

y los guardiaciviles no hablaban inglés;

allí viví 365 días al año

durante el primer tercio de mi vida.

Mi infancia no fue un carrusel de la fortuna,

ni un jardín de las delicias,

ni una playa con conchas y atardeceres,

pero tuve brasero, una abuela,

y preceptiva misa dominical.

Y pocos amigos

porque nunca me gustó jugar al futbol.

.

El dictador murió de viejo, de anacrónico y de aburrimiento

y yo fui a Badajoz a estudiar magisterio.

Allí aprendí a desobedecer,

a desorientarme entre rombos y rumbos,

a envolverme y desenvolverme,

a enmascararme y desenmascararme,

a turbarme y a masturbarme.

Fue mi primera revolución,

una revolución primera, primaveral y darwiniana,

pude sentir paso a paso como mi vida evolucionaba

revolucionaba,

sueño a sueño como mi cerebro evolucionaba,

revolucionaba,

yunque a yunque como mi fuerza evolucionaba,

revolucionaba,

sangre a sangre como mi voz evolucionaba,

revolucionaba.

Y dejé de creer en dioses, reyes magos y capitanes-trueno.

Ahora dicen que ya han pasado cientos de años,

tal vez milenios,

y que mientras tanto han ardido muchos hombres en hogueras,

por herejes, por homosexuales, por librepensadores

o por poetas.

Todos intuyeron estar evolucionando,

revolucionando,

mientras sus cenizas cubrían de ciencia

la faz de la Tierra.

Dicen que hoy en día ya nadie es condenado al fuego

porque el olor a carne quemada

desagrada profundamente a los nuevos jerarcas,

putrefactos hombres pegados

a delicadas, perfumadas y superlativas narices quevedianas.

Me vine a Madrid al rozar el segundo tercio de mi vida,

para descubrir mi segunda revolución

la surrealista,

pero esto ya es otro capítulo.

g.bruno 2012

Capítulo II. Los años de Madrid

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