Capítulo II. Los años de Madrid

Cuentan las leyendas urbanas

que en Madrid hubo tranvías tirados por mulas

en tiempos de los carpetanos,

que cuatro elefantes pudieron montarse en un seiscientos,

que el cielo estuvo enladrillado y no hubo quien lo desenladrillase,

incluso, cuentan, que en Madrid hubo playa.

Vine de una provincia de interior buscando la brisa marina,

a respirar a pleno pulmón, a rasparar a plana palmán

era invierno y descubrí

que la brisa marina venía del fondo del parque del Retiro

y empecé e resperer e plene pelmén

Otra de esas leyendas,

ahora las llaman urbanas,

contaba que en Madrid ataban los perros con longaniza,

y en consecuencia me hice vegetariano.

En realidad la sin-secuencia había comenzado mucho antes,

seguramente una madrugada en Montijo,

los gruñidos del cerdo me despertaron,

iban a degollarlo,

era invierno,

se trataba de un rito festivo, una tradición patria…

iban a degollarlo,

los gruñidos del cerdo me despertaron,

era invierno,

algunos lo llaman fiesta, otros lo llaman cultura…

iban a degollarlo,

yo no, yo no lo llamo así,

yo no lo llamo patria,

los gruñidos del cerdo me despertaron

y ese invierno,

como dijo José María Cano,

no me pude levantar.

Con o sin secuencia, tras esa madrugada llegarían otras,

Tras ese despertar llegarían otros,

tras ese invierno llegarían otros,

tras ese gruñido llegarían otros,

tras esa conscripción llegaría la insumisión,

y en el Retiro yo seguí i rispirir i plini pilmín…

mientras oía a una muchedumbre gritar que

“somos gente pacífica y nos gusta gritar”.

Por cierto,

¿ya había escrito que en el Retiro conocí el amor?

Fue en el camino de la noche,

junto a las desaparecidas campanillas,

otro de mis inviernos,

tal vez otro de mis delirios de grandeza

o de gentileza,

delirio de creer que los lirios florecen en febrero,

o los narcisos amarillos.

Delirio de imaginar la noche iluminada

con los pasos de un hombre vestido de sol,

o rosporor o plono polmón…

Cuenta otra de tantas leyendas

que durante la invasión francesa,

esos jardines fueron destruidos

pero sobrevivió un ahuehuete

donde instalaron un cañón,

leyendas, al fin y al caño.

Otros dicen que en realidad ese árbol fue el candelabro

cuya penumbra, a media luz, iluminó

los lustrados versos ilustrados de los enamorados.

Fue en el camino del ahuehuete,

fue en el camino de la revolución racionalista,

éramos unos afrancesados.

Tras esa conscripción llegaría la insumisión,

y juntos gritamos que

“somos gente pacífica y nos gusta gritar”.

Y hete aquí que un huracán sembró de espejos la ciudad,

no, tal vez no fuera un huracán,

sino los mismos manifestantes que se oponían a la guerra,

no, tal vez no fuera un huracán,

sino los mismos policías que disparaban contra los manifestantes,

no, tal vez no fuera un huracán, sino una nueva revolución ilustrada,

o surrealista.

Los espejos reflejaron la belleza de los hombres,

bellos como encuentros fortuitos entre paraguas y máquinas de coser,

encuentros fortuitos entre hombres bellos,

bellos, velhos, viejos…

Pero los espejos se rompían al pisarlos

los pies descalzos de los vendimiadores,

los sueños descalzos de los sonámbulos,

los cerebros descalzos de los investigadores,

los inviernos descalzos de los forjadores de lunas,

que calzaban cada otro las heridas de los unos.

Hete aquí que un huracán sembró de espejos la ciudad,

no, tal vez no fueron espejos sino espejismos,

no, tal vez no se rompían al pisarlos,

se diluían al mirarlos,

se deconstruían al analizarlos,

se despertaban al soñarlos,

se marchitaban al abrazarlos,

no, tal vez no se rompían al pisarlos,

pero herían a los hombres desnudos,

bellos, velhos, viejos,

que calzaban cada otro las heridas de los unos,

las áridas heridas

entre vendas, entre nudos.

No, tal vez no fuera un huracán,

sino la misma brisa marina que viene del fondo del mar,

o del estanque de las campanillas.

Dice la leyenda

que en Madrid los tiempos adelantan que es una barbaridad,

y con el pasar del tiempo empecé a enseñar,

a enseñar a los demás todo lo que yo quería aprender,

porque, como Sócrates, sabía que no sabía nada,

y tan alta vida espero, que aprendo porque enseño.

O enseño porque aprendo, que tanto monta, montaraz.

Capítulo III. Sólo sé que no sé nadar

Capítulos anteriores:

Capítulo I. Infancia:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/17/el-huracan-de-los-espejos-infancia/

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