Capítulo IV. La maleta

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Salí de mi pueblo con una maleta decorada artesanalmente,

salí de mi pueblo con una maleta decorada,

salí de mi pueblo con una maleta,

salí de mi pueblo,

salí, a secas,

salí.

.

Como podría haber salido de un capullo de seda,

de un caparazón de galápago,

de una grieta en la pared,

de una bala incrustada en el paredón,

de una pintura de Lucio Fontana,

de una herida de lanza en el caballo del Guernica,

o en el costado de un nazareno,

de un cráter extinto,

de un carácter distinto,

de una falla geológica,

de un fallo lógico, o ilógico,

salí, a secas,

salí.

.

Con restos de invierno en el interior.

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Por aquel entonces las calles de Madrid eran un hervidero,

manifestaciones de todos los colores,

de todos los fulgores,

exteriores e interiores,

pacifistas anti-otan,

católicos anti reforma educativa,

senderistas contra las bases militares,

tras las ventanas también había lesbianas,

tras los balcones también había maricones.

.

Cuidado, es peligroso asomarse al interior

de los corazones con corazas, sin corazas, descorazonados,

de las picas que repican y sin poderlo evitar se implican,

de los rombos sin rumbo, que planchan higos chumbos,

de los tréboles trémulos intrépidos, intramuros,

cuidado, es peligroso,

y en algunas ocasiones engorroso,

siempre descubrimos restos de invierno en el interior.

.

Siempre, una palabra maléfica,

e irreal,

nada ocurre para siempre,

nadie siente lo mismo siempre,

ni comprende de igual modo siempre,

ni consigue los mismos resultados siempre,

nadie sabe cuánto tiempo es siempre.

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En consecuencia rectifico,

cuidado, es peligroso

y en ocasiones se diría que hay vida.

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En ocasiones la maleta se diría que contenía vida,

tal vez resúmenes de existencias anteriores,

o contemporáneas vivencias en universos paralelos,

incluso realidades ajenas,

ajenas a la inclusión,

ajenas a la realidad.

.

Abandoné aquella maleta en un contenedor.

Contenedor, una palabra tan global, tan vital, tan existencial,

podemos llenarla con todo lo que no necesitamos,

también podemos obtener de ella todo aquello que de nuevo necesitamos,

podemos degustarla con tenedor,

pero olerla con precaución, contén hedor,

No, tal vez no la abandoné,

me gusta imaginar que comenzó una nueva andadura,

que algún otro transeúnte la retomó,

tal vez un sin techo,

tal vez un poeta,

no, tal vez no la abandoné,

la dejé en adopción,

la deposité en una recepción,

no, tal vez no la abandoné,

y me está esperando en algún universo paralelo,

en algún rincón de mi cerebro,

en una alegoría poética,

en una imagen bella como el encuentro fortuito entre una maleta y un tenedor,

en un anuncio de periódico, se busca, se encuentra, se esconde, se espera,

tal vez en una tienda de un anticuario de esos que limpian buhardillas.

O en el attrezzo de una novela en verso.

.

Salí, a secas,

salí,

como podría haber salido de mi propia maleta,

con restos de invierno en mi interior,

como podría haber salido de mi propia existencia,

con otros universos paralelos en mi caparazón,

como podría haber salido de mi propia palabra,

o de mi silencio,

de mi introspección.

salí,

como podría haber salido de mi propia consecuencia,

de mi propia secuencia,

de mi propia consciencia.

de mi propia inconsciencia.

.

Por aquel entonces las calles de Madrid eran un hervidero,

hervían deseos entre los setos del parque,

hervían soflamas entre los manifestantes,

hervían nuevas pastas entre los nuevos ricos,

hervían nuevos versos entre los nuevos surrealistas,

hervía el futuro.

.

Fueron años de vacas gordas,

o, como decimos los veganos, años de espigadores,

de buena recolección,

de buen grano,

o, como decimos los obesos, que estábamos de buen año.

¿He dicho obsesos?, ¿o solo lo he obsesionado?

.

Algunos pensarán que basta ya de nostalgia,

que volvamos al presente,

que aquellos años no volverán,

ni sus maletas, ni sus contenedores, ni sus espigadores,

que aquellos años no volverán,

y sus leyendas no se repetirán de boca en boca,

ni de verso en verso,

porque las nuevas generaciones hablan otro idioma,

otro invierno,

volverán las oscuras golondrinas,

pero aquellos años, esos, no volverán.

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Pero yo aún tengo algunas mañanas que recordar.

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Capítulo V. Los espigadores.

Capítulos anteriores.

Capítulo I. Infancia:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/17/el-huracan-de-los-espejos-infancia/

Capítulo II. Los años de Madrid:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/18/el-huracan-de-los-espejos-los-anos-de-madrid/

Capítulo III. Sólo sé que no sé nadar.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/19/el-huracan-de-los-espejos-solo-se-que-no-se-nadar/

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