Capítulo VI. La teoría de los huracanes

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Ahora dicen que ya han pasado cientos de años,

tal vez milenios,

y que mientras tanto han ardido muchos libros en hogueras,

empezando por la biblioteca del ingenioso hidalgo,

siguiendo por la de Alejandría,

por la de Bagdad…

los traficantes de leyendas echan la culpa al aleteo de una mariposa en Hong Kong,

muchas mariposas están en peligro de extinción,

pero su aleteo no lograría extinguir las llamas,

otros culpan a los bomberos de François Truffaut,

bomberos incendiarios,

dicen que si no provocaran fuegos, se quedarían en el paro,

las palabras se las llevan las pavesas.

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El de los espejos no fue el primer huracán,

lo habían precedido muchos pequeños huracanes

repartidos por la geografía terráquea,

repartidos no muy uniformemente, por cierto,

casi siempre les tocaba a los territorios más empobrecidos de grandes potencias,

o a los más empobrecidos de países en vías de desarrollo,

o a los más empobrecidos de los países más pobres.

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El caso es que la improvisación siempre debía alcanzarme trabajando,

y este espejo era como un noticiario.

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Aquello de que los bomberos se quedarían en el paro

era tan tribal como improcedente,

es como si los médicos se quedaran sin trabajo

porque a los investigadores les diera por inventar vacunas,

o como si los escritores se hubiesen extinguido

cuando se inventó la imprenta,

o como si los cocineros temieran que se acabase el hambre en el mundo,

absolutamente tribal,

intolerablemente improcedente,

este espejo también parecía un noticiario.

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Aquellos primeros huracanes dieron lugar a una asombrosa teoría,

tal vez podría considerarse tan tribal o tan trivial,

tan intolerable o tan improcedente,

tan asombrosa o tan improvisada,

como cualquier otra teoría que nunca podamos comprobar

ni refutar,

tal vez podría considerarse o desconsiderarse,

pero ahora sé que, pasados los años,

tal vez milenios,

tal vez eras,

de aquellos polvos emanaron los actuales lodazales.

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Cuenta la leyenda que tras el huracán

llega el trabajo para los jornaleros.

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En cierto modo también para los vendedores de aspiradoras,

y para los peluqueros estilistas,

y para los buscadores de tesoros en las playas,

y para los limpiacristales,

y para los alfareros,

a fin de cuentas el lodo es arcilla.

(pero el lobo no es ardilla, ni el loco tiene cosquillas)

Ahora me replicaréis que todos somos jornaleros,

incluso los poetas,

yo no,

yo no me incluyo,

yo no replico,

ni siquiera explico, no intento explicar las teorías,

ni siquiera me implico, no intento asumir las leyendas,

ni tampoco me complico, solo me enfrento a mis espejos,

para que la improvisación siempre me alcance trabajando,

y, a ser posible, con la maleta preparada

para salir volando.

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Por eso cuando empezaron a televisar la noticia

lo primero que pensé fue buscar una maleta,

para acomodar en ella una carpeta con mis últimos versos,

un lápiz, un sacapuntas, una goma de borrar,

unas gafas de cerca, un manantial de lejos,

un yunque, un martillo, una fragua portátil,

un microscopio con varias bombillas y pilas de repuesto,

una carta de la baraja española escogida al azar,

un edicto supranacional que prohíbe cazar como deporte,

o como distracción,

una reproducción de la fuente de Duchamp.

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Descarté la fugaz idea de rescatar una pareja de seres vivos de todas las especies,

incluso de cargar con el voluminoso ejemplar darwiniano sobre su origen,

por supuesto tampoco se me ocurrió buscar un balón,

ni una bandera.

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Mi ilusión era que llegado ya el momento de la separación

asiría mi maleta y me dejaría llevar por los aires,

volar de verdad,

aunque fuera girando en trompo,

ya me imaginaba como succionado por un agujero negro,

dispuesto a enfrentar una realidad diferente,

en un universo paralelo,

pero sí,

debo asumir que esto sí era producto de mis delirios

de grandeza o de gentileza,

o de genialidad o de inseguridad,

o de sutileza o de franqueza.

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A veces me han preguntado qué me llevaría a una isla desierta,

tal vez me llevaría un espejo

que reflejara todo lo que se oculta en mi interior,

pero tengo miedo,

por si el sueño de mi razón produce monstruos,

o por si el espejo se rompe y me hiere,

o se cubre de opaco azogue y nubla mi entendimiento,

no, seguramente si tuviera que emigrar iría desnudo,

dispuesto a vivir, a espigar, a caminar,

a caminar, a espigar, a vivir,

a disponer, a vestir, a desnudar,

a reanudar, a revestir, a componer,

a pleno respirar a pulmón.

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Los huracanes generan teorías que vuelan por los aires,

también generan miedos e imprudencias,

pero ¿y si los domáramos para que generasen energía?

Y no solo me refiero a la electricidad,

también a la inspiración creadora,

también a la inspiración libertadora,

a la vida.

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Capítulo VII. De cómo domar a un huracán

Capítulos anteriores.

Capítulo I. Infancia:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/17/el-huracan-de-los-espejos-infancia/

Capítulo II. Los años de Madrid:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/18/el-huracan-de-los-espejos-los-anos-de-madrid/

Capítulo III. Sólo sé que no sé nadar.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/19/el-huracan-de-los-espejos-solo-se-que-no-se-nadar/

Capítulo IV. La maleta.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/21/el-huracan-de-los-espejos-la-maleta/

Capítulo V. Los espigadores.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/22/el-huracan-de-los-espejos-los-espigadores/

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