Capítulo IX. El espejo del almacén

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Cuando era sólo un niño

alguien me dijo que la cara es el espejo del alma,

pero nadie me explicó qué era el alma.

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Llegaron los años de tristeza,

de desilusión,

de vejez.

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En este punto de la novela debería presentar a los otros personajes,

toda novela tiene personajes,

seres que interactúan, que se despliegan,

se humedecen, se fosilizan,

se escandalizan, se multiplican,

se olvidan.

Pero son necesarios e insustituibles.

.

Ya he hablado del hombre que tomó mi mano durante el juicio

ese día que casi creí volar

hacia el interior de mis propios delirios,

también he nombrado a los espigadores,

sin nombre propio,

con destino común,

con fuerza globalizadora,

y a los manifestantes,

a los insumisos,

y a los surrealistas.

.

Hay otros personajes en mi novela,

un almacén de personajes

que reflejan el espejo de mi vida.

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El desarraigo.

El desarraigo empezó casi a los tres años,

ya entonces me vi obligado a vivir en dos inviernos paralelos,

finalmente se rompió un espejo entre mis manos,

cuestión de tiempo, de edad, de adolescencia, de hormonas,

nada es fortuito, mea culpa,

culpa del futuro,

culpa del desarraigo endémico,

fue cuando decidí emigrar.

El desarraigo es un personaje y es una seña de identidad,

un almacén en sí mismo,

donde se acumulan restos de espejos rotos,

con imágenes rasgadas en el azogue,

con dudas y caminos abandonados.

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El viejo de los aseos de la estación,

el viejo, los viejos,

como un rostro reflejado en un espejo resquebrajado,

un viejo sin nombre propio,

como un espigador, como un campo de amapolas,

como una vida que implora un poco más de tiempo,

el tiempo es dorado,

el tiempo es el reflejo del silencio,

el viejo también es un personaje y también una seña de identidad,

un almacén en sí mismo,

miradas de luna, de esmeralda, de caracol,

manos, voces, calmas, espejos en el corazón,

pasos, besos, sonrisas,

huellas de miedo hundidas en mi espalda,

el viejo, los viejos, los espejos.

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Pero tal vez sea momento de hablar de los surrealistas,

también ellos han sido espigadores,

revolucionaros y forjadores,

y han sobrevivido a huracanes,

también han sido viejos,

y madrastras y dafnes y alicias y narcisos,

y fanáticos del verso,

y librepensadores,

y ególatras,

tampoco olvidaron nunca, nunca callaron,

y, como el Principito, fueron domadores,

domadores de espejismos,

domadores de delirios.

Vinieron de la mano de Manuel,

y se internaron en mi pasado, en mi presente y en mi futuro,

me abrieron los ojos,

me agrietaron las manos,

me rescataron de los aladares del fuego,

como si me hubieran practicado una lobotomía cerebral.

Yo vi brotar espigas de sus dedos,

y transformarse en serpientes sus cabellos,

y vendé mis ojos para oírles recitar,

y sentir como descarrilaban en el fondo del mar,

y los imperdibles atravesaron sus pensamientos.

Vinieron de la mano de un hombre vestido de sol,

y ardieron en mi palabra.

los surrealistas también son personajes y también señas de identidad,

un almacén en sí mismo.

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Hay más personajes en mi novela,

personajes que crujen en mi memoria,

en ocasiones me hacen perder la paciencia,

me obligan a hundirme en el desencanto,

me hablan, me amordazan, me despiezan,

personajes que se funden con mi sombra,

amenazan con anudarse a mi garganta,

seres que interactúan y se anulan mutuamente,

se despliegan y abarcan mis complejos,

se humedecen en el juego de mi paladar,

se fosilizan porque dejan fluir el tiempo,

se escandalizan cuando blasfemo,

se multiplican mientras duermo,

se olvidan.

Pero son necesarios e insustituibles.

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También está el amigo,

ese personaje irreconocible,

veraz pero indescriptible,

que está pero no está,

tiende su mano pero la oculta,

pronuncia mi nombre pero lo calla,

arrima su hombro pero lo aleja,

para ayudarme excusándose sin intentarlo,

y parece desvanecerse a la luz del día,

parece temer el roce de mi mirada,

el aliento de mi ideario,

de mi sudor, de mi parábola,

a veces me llama y se despide,

a veces me despierto y se adormila,

a veces me animo y desconfía,

el amigo, ese personaje contumaz,

pero sin abrigo.

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El huracán fue el preludio de la tristeza, del hambre, de la soledad,

había habido otros,

otros huracanes, otros amigos, otros personajes,

y otras tristezas, hambres y soledades,

pero cuando el huracán sembró de espejos la ciudad,

todo aquello fue confiscado,

todo fue confundido,

todo fue soñado.

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Capítulo X. El sueño

Capítulos anteriores.

Capítulo I. Infancia:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/17/el-huracan-de-los-espejos-infancia/

Capítulo II. Los años de Madrid:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/18/el-huracan-de-los-espejos-los-anos-de-madrid/

Capítulo III. Sólo sé que no sé nadar.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/19/el-huracan-de-los-espejos-solo-se-que-no-se-nadar/

Capítulo IV. La maleta.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/21/el-huracan-de-los-espejos-la-maleta/

Capítulo V. Los espigadores.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/22/el-huracan-de-los-espejos-los-espigadores/

Capítulo VI. La teoría de los huracanes.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/25/el-huracan-de-los-espejos-la-teoria-de-los-huracanes/

Capítulo VII. De cómo domar un huracán.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/07/04/el-huracan-de-los-espejos-de-como-domar-un-huracan/

Capítulo VIII. Los espejos.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/07/04/el-huracan-de-los-espejos-los-espejos/

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