Eugenia Cabral me ha enviado por e-mail este homenaje a Larrea

Juan Larrea

Bilbao, España, 13 de Marzo de 1895 –

Córdoba, Argentina, 9 de Julio de 1980

En una clínica privada de calle Santa Rosa al 300, rodeado por su nieto Vicente Luy Larrea y los jóvenes amigos de éste que lo acompañan, aquel 9 de Julio de 1980 fallece en Córdoba, Argentina -entre el bullicio patriotero de la junta militar gobernante y el silencio de la literatura local- el poeta español Juan Larrea. Había residido en nuestra ciudad desde agosto de 1956. Último hito de su exilio a partir del recrudecimiento de la guerra civil española: Paris, Méjico, New York, Córdoba. Sólo trae un gran lujo envuelto en infortunios: sus recuerdos de Juan Gris, Pablo Picasso y Jacques Lipchitz; de Vicente Huidobro, César Vallejo, León Felipe, Gerardo Diego, casi todos dispersos o abatidos, por la tempestad desatada sobre Europa, donde el árbol de Guernica resiste tanto como pueden sus ramas. Y trae otro patrimonio, dispuesto a ofrecerlo: su pensamiento, su erudición literaria, su pudoroso talento poético. Llega con su hija Luciana, que fallecerá en un accidente de aviación en 1961 junto al esposo, Gilbert Luy.

En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Córdoba –adonde ha sido convocado- dicta un seminario sobre “Teleología de la cultura”, funda y organiza el Instituto del Nuevo Mundo (1959-1964) y después el Centro de Documentación e Investigación “César Vallejo” (1966-1974); organiza el Simposium “César Vallejo, poeta trascendental de Hispanoamérica” (1959) y las “Conferencias vallejianas” (1967), participa con el crítico e historiador del arte Herbert Read en la Bienal de Arte Latinoamericano organizada aquí por Industrias Kaiser (1962). En la editorial universitaria publica la revista Aula Vallejo (1961-974), que dirige y donde escribe; publica sus libros César Vallejo o Hispanoamérica en la Cruz de su Razón (1958), Corona incaica (1960) y el texto de las conferencias ofrecidas por él mismo y H. R.: Pintura actual. Herbert Read: En los confines de la pintura – Juan Larrea: Pintura y nueva cultura (1964). El último título que publica en la UNC es Intensidad del canto errante (1972).

Entretanto la Argentina vive entre la agonía y la resurrección. Pero Larrea es un hombre ya castigado -desde la época de la guerra civil española y el desarrollo de la Segunda Guerra- por las persecuciones y por las pérdidas de seres queridos; está fatigado de bregar contra la discordia estéril entre pares, contra las limitaciones burocráticas académicas, la estrechez económica, la abulia intelectual que condena a varios outsider de su tiempo. Los años sesentas y setentas en la Argentina son contradictorios y paradójicos. Agonizar y resurgir implican sendas tareas dificultosas. Ha dedicado esfuerzos a la obra y la figura de su admirado César Vallejo, pero las dentelladas de Pablo Neruda y sus congéneres pretenderán arrinconarlo con acusaciones insostenibles, a él, uno de los que ayudó a que los españoles leyeran a Neruda por primera vez.

Pese a todo, durante su periodo de residencia en Córdoba, su prestigio va renovándose y extendiéndose en Europa, Estados Unidos, Méjico, Perú, Uruguay; se edita su obra poética, Versión Celeste, en Italia y luego en España. Comienza a estudiarse su obra (David Bary, Robert E. Gurney, entre otros), a analizarse sus teorías, a valorarse su labor poética y editorial. La recuperación de la democracia en su España natal lo lleva a visitarla nuevamente en ocasión de la edición en castellano de su Pablo Picasso. Guernica., en 1979. Pero ha echado raíces aquí, en la provincia más mediterránea de Argentina, bien distinta de la costa de La Coruña y de aquel cabo llamado Finisterre, que le inspirase la imagen de la travesía entre un
viejo y un nuevo mundo. Se afinca en Córdoba hasta su último día, su última jornada, como lo hizo Manuel De Falla en su momento, y en esta tierra dejará su vejez y sus cenizas. También su semilla. Por eso lo recordamos con sus propios poemas.

Eugenia Cabral

Julio, 2012.

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En la niebla

En la niebla raza de nuestra raza domicilio

de las faltas de convicción de nuestros fantasmas

desde los gendarmes hasta las hipótesis más atrevidas

hasta los almendros obligados a presagiar el porvenir de nuestra Europa

la nuestra la de los diplomáticos

que subordinan las flores a las secretas inclinaciones de nuestra piel

guardando un equilibrio exento de ociosidad

occidente bello occidente

antes que el sol encuentre la máscara que busca

entre las ramas y que ya se inclina a recoger

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El hombre es la más bella conquista del aire

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Un color lo llamaba Juan

A la memoria de Juan Gris

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Bendecimos el confort de las hormigas regulares

y la noche incluso más triste que el papel absorbente

después de la muerte de la palabra

ahora que el silencio dulcemente deviene festín de pájaro

entre los granos capricho de una prisión florida

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Nuestros arroyos interiores están acordes

en aplacar este molino de individuo

único convidado que nos queda

de aquello que ha partido sin pretexto hacia el invierno

.

Sobre un dolor de antigua pradera

las hormigas arrastran nuestras lágrimas de este a oeste

se ha ido por transparencia como las vagas promesas

de un río más bien banal

.

Hacía un calor de héroes mas el tiempo era pálido

Con una brizna de delicadeza y el insomnio de las lluvias

que vuelve seda el reflejo de las catedrales

agujereamos la esponja de nuestras plegarias

para borrar el juramento de luna tejido en versos

donde sus ojos amoblaron la esperanza de corrientes de aire

.

Porque él nos dejó su tristeza

sentada al borde del cielo como un ángel obeso

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