Capítulo XI. Amanecer

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Hay ocasiones en que uno se despierta esperanzado

y en pocas horas se hunde en un abismo.

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Amanecer no siempre implica ver un nuevo día,

hay amaneceres vitales y otros calcinados,

los hay limpios, pulcros, cálidos,

y otros embarrados, imperfectos, despiadados,

unos abiertos al futuro,

otros abocados a la nostalgia, al olvido,

resueltos a luchar por los derechos, por los sueños,

o rendidos a la injusticia, la iniquidad.

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Hay ocasiones en que uno no se despierta

y ya no quisiera despertar jamás.

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No, no siempre implica ver un nuevo día, un nuevo vuelo,

sino caer en una trampa que nos impide avanzar,

que alquitrana nuestras alas,

nos retiene contra nuestra voluntad.

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A veces, al mirarnos al espejo, nos saludamos,

y ya no entendemos nada más.

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Cuando un huracán siembra de espejos nuestro mundo

vemos reflejados en ellos campos de simientes

o de estiércol,

lunas de plata jaspeada

o de fuego eterno,

rostros de paz con aceite y miel

o de desesperanza.

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Cada mirada un reflejo,

una lágrima ámbar que ha atrapado restos de invierno.

Cada palabra se transforma en imagen,

pero poco a poco las imágenes se evaporan en silencio.

Si mirásemos a través de un microscopio

descubriríamos que cada poro de nuestro frente

es un panal vacío de abejas,

que cada imperfección de la piel

es un almanaque con los días rasgados,

que cada huella que mancha el tiempo

es la búsqueda de una nueva identidad.

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A veces, al mirarnos al espejo, nos saludamos,

y ya no entendemos nada más.

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En el cielo brillan estrellas de color oro,

parecen al alcance de la mano, pero al rozarlas se desvanecen.

Entre los dedos podemos derramar la arena sin dañarnos

y al intentar asirla se transfigura en agresiva sierpe.

Pueden arder nuestras pupilas sin quedarnos ciegos,

podemos oler la cercanía de la olas aunque se haya secado el mar,

u oír el dulce respirar de un hombre que está desapareciendo.

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No, ya no entendemos nada más,

ya no quisiéramos despertar jamás.

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No nos fiamos que los aviones que despegaron

vuelvan algún día a aterrizar,

que los trenes que nos arrullaron descarrilen,

se diluyan en un pantano glacial,

que ya nunca vuelvan a brotar versos de nuestro intelecto,

sino agujeros negros que engullan nuestra ansia de libertad.

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Arena que se transfigura en sierpe,

soplo que deviene en huracán,

rayo que filtra estelas de color oro

a través de nuestros párpados,

de nuestra infelicidad.

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Hay ocasiones en que uno se despierta esperanzado,

con la ingenuidad de quien se considera inmortal,

con la generosidad de quien está dispuesto a entregar su vida

para comprar una hogaza de pan

o una lluvia de meteoritos,

con el respeto que nos concede la cordura,

con la certeza de construir el porvenir,

de reescribir una novela autobiográfica,

de cambiar, de crecer, de avanzar, de dudar.

Y en pocas horas se hunde en un abismo

como en una fosa colectiva de hombres libres,

de cantos rodados, de cantos desgarrados.

Abismo sin luz que guíe ni ventilación que justifique,

más que caminar, solo cabe dejarse arrastrar,

dilatar las pupilas y esperar que ardan como antorchas,

o cerrarlas para evitar abrirlas y llorar.

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No, no siempre implica ver un nuevo día, un nuevo verso,

dicen que a veces el inconsciente nos juega malas pasadas

y ya no entendemos nada más,

o ya nadie nos entiende.

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Dejamos de creer y de crecer,

y de crear,

la cordura nos falta al respeto,

empezamos, dicen, a desvariar,

a cambiar los rumbos,

a deconstruir los rombos,

a contar los pasos para no volverlos a dar.

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En el fondo sabemos que no estamos locos,

que no estoy loco,

en el fondo del abismo hay una espiga de trigo

y un espejo roto

que no refleja mi verdadero rostro,

en la profunda oscuridad.

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Capítulo XII. Senderos

Capítulos anteriores.

Capítulo I. Infancia:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/17/el-huracan-de-los-espejos-infancia/

Capítulo II. Los años de Madrid:

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/18/el-huracan-de-los-espejos-los-anos-de-madrid/

Capítulo III. Sólo sé que no sé nadar.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/19/el-huracan-de-los-espejos-solo-se-que-no-se-nadar/

Capítulo IV. La maleta.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/21/el-huracan-de-los-espejos-la-maleta/

Capítulo V. Los espigadores.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/22/el-huracan-de-los-espejos-los-espigadores/

Capítulo VI. La teoría de los huracanes.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/06/25/el-huracan-de-los-espejos-la-teoria-de-los-huracanes/

Capítulo VII. De cómo domar un huracán.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/07/04/el-huracan-de-los-espejos-de-como-domar-un-huracan/

Capítulo VIII. Los espejos.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/07/04/el-huracan-de-los-espejos-los-espejos/

Capítulo IX. El espejo del almacén.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/07/06/el-huracan-de-los-espejos-el-espejo-del-almacen/

Capítulo X. El sueño.

https://forjadordelunas.wordpress.com/2012/07/20/capitulo-x-el-sueno/

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