Una historia de amor

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El anciano cubre sus sienes con un rocío de esmeraldas,

mientras el hombre ya maduro acaricia su mejilla de linaza.

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El anciano tiene sed, sed de vejez, sed de alambradas;

y el hombre ya maduro, al que ama, acerca a su boca el falo enhiesto

del que brota un rio de lava limpia y dorada;

mientras sus miradas de bosque se cruzan y se funden como la escarcha.

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Podría ser su hijo,

murmura el carpintero que araña astillas de pino a la luz de los respiraderos.

Por allí pasa un tendero camino del mercado donde despacha,

podría ser miel salada, murmura, más no litiga sin cordura.

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El anciano tiene hambre, hambre de alforja, hambre de espátula;

y el hombre ya maduro, al que ama, acerca a su boca el falo enhiesto

del que brota, como de un maizal, la vía láctea;

mientras rozan sus manos como dos huracanes de orogénica pasión.

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Podría ser su padre,

murmura el cartero que trae noticias de siembra y voz de estopa.

Pasa por allí un leñador camino del monte donde tala cada madrugada,

podría ser licor de almendra, murmura, más no porfía sin causa.

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El anciano cubre sus sienes con un rocío de esmeraldas,

mientras el hombre ya maduro acaricia su mejilla de linaza.

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g.bruno 12

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