Plegadero bajo

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La tormenta llegó en julio pero nadie estuvo dispuesto a confesarlo,

dicen, dijeron, que las orugas del pino marcharon en procesión

muchos kilómetros, muchos vientos al sur, buscando el calor,

buscando la salida más despiadada hacia el hipotálamo.

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Una mancha de aceite se extendió sobre las plantaciones

y las hormigoneras pugnaron contra los telescopios por avistarla,

querían, quisieron, evitar que anegara huertos solares,

porque en el fondo de sus pechos guardaban nuevos esternones.

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En los cielos de sus bocas se secaban semillas de girasol,

cada atardecer pasaba un jardinero embriagado de aceite y canela

y despojaba a los carabineros de los malos recuerdos del pasado,

mientras, en su lugar, los ancianos les injertaban amapolas.

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Vuelan, volaron, las hojas volanderas de los poetas republicanos,

de cárcel en cárcel, de preso en preso, de voz en vez, de vez en voz,

los hambrientos lo sabían pero no quisieron saciarse, o no supieron,

tal vez para que la furtiva voz terminase abrigando nuevas esperanzas.

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En el umbral de las ideas peligrosas estaba esperando un hombre,

una frazada de músculos con ojos sonrientes y labios tristes,

con las manos vacías, y el deseo pleno de libertad, de libertades,

por sus mejillas corría un hilo de mercurio, una barba de caracol.

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Quien esté libre de pecado que lance su primera bengala,

tal vez sea casualmente fotografiada desde algún satélite de la NASA

y la transmitan con crudeza en el próximo noticiario internacional,

no te preocupes, no os preocupéis, ahora ya a nadie le emocionan las noticias.

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Ha resucitado el árbol que falleció en invierno, aunque aún no es domingo,

lleva marcada a fuego la fecha en que conocí a mi último amante,

y parece que ha supurado resina, yo prefiero suponer que es maná

que se nos ofrece a la humanidad como pago por los servicios prestados.

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El dolor se desvanece con los años, en su lugar deja un vacío existencial,

el arte es ya la esencia de la mónada, lo infinitesimal, lo invisible,

también lo es la vida, y la política, y la reivindicación, y la paternidad,

un mar de turbinas que fluctúan en torno a la moralidad universal.

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Cuentan, contaron, que hubo una vez un viejo que caminaba sin descanso

atravesando las arterias de las ciudades más representativas

de la civilización occidental y no cejó en su empeño hasta la madrugada

en que los estorninos regresaban a sus orígenes y le saludaron.

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A lo lejos se puede oír el sonido ciego de un instrumento anegado en llanto,

presta atención porque dejará de clamar en cuanto el sueño cambie de dirección,

intenta comprender la melancólica plegaria del intérprete que improvisa

descuidando de modo silencioso las rugosas notas de la partitura.

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Sí, y otra vez sí, no lo dudes, no lo dudes ni un instante, sí, y otra vez sí,

el sendero que has tomado ya lo emprendieron antes muchos otros,

hombres de amplias espaldas y vientres herméticos, manos de harina,

que buscan, que buscaron, como tú, el canto llano de los mendigos.

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Tal vez no logres comprender el significado de estas bellas palabras

porque en tu cerebro se clavan como espinas millones de pararrayos

que anulan tu capacidad de empatizar con el instinto del ave

que guía el escuadrón de su bandada hacia un futuro incierto pero ineludible.

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He clavado mil veces mi navaja en el fondo de la garganta,

con la esperanza de que vuelva a hablar, vuelva a sangrar, vuelva,

y he descubierto con estupor que tal vez soy un excéntrico compulsivo,

o un moribundo vestido de trigo que centellea antes de la primavera.

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Viajé sin brújula ni ordenador con deseos de perderme en medio de la vida,

me crucé con el bodybuilder que rociaba su pecho con miel y cebada,

estreché la mano al maestro que enseñaba a volar sin radar a los delfines,

amé al tractorista que araba las nubes con su recio deshielo.

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Fueron otros tiempos, o tal vez no, otros deseos, o tal vez no,

otras búsquedas de identidades impropias, inadecuadas, incalificables,

otras manos encallecidas, o tal vez no, otras semillas esparcidas,

otros pliegues que se forjaban en mi esquizofrénico cerebro, tal vez.

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También odié como cualquier hijo pródigo, aunque eso ya es historia,

han pasado los truenos tan rápido que apenas he podido oírlos rugir,

han generado tantas confusiones, tanto esperma, tantos libros,

que aún no he conseguido descifrar el código que los apasiona.

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Ojalá el hambre tuviera tanto poder como un verso desencadenado,

dispuesto a sajarle de un tajo las muñecas al escritor más repujado,

capaz de tumbar diques provocando inundaciones incontaminadas,

ojalá el hombre tuviera tanto poder, tanta fuerza que desplegar.

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Quien esté libre de pecado que queme la primera bandera,

que grite al abismo su grandeza, que hunda su puño en la ciénaga,

que salpique con su orina a los sudorosos atletas que descansan,

y que al final duerma con la soledad oculta bajo la almohada.

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No me importa que piensen que esto no es un verdadero poema

porque no me importa que en realidad no lo sea, o tal vez sí,

ni me importa que me censuren las referencias libidinosas

porque tengo ya casi medio siglo de existencia inseminada.

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A veces la tormenta llega en julio aunque nadie esté dispuesto a confesarlo,

nos atrapa en medio de un crucero en altamar, nos atrapa en un frío espejo,

nos marca a fuego de por vida, nos desangra con la sutileza de un cantero,  

y resuelve todas nuestras dudas sobre el futuro incierto.

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Me encontrarás buscando referencias en los manuales de anatomía

y creerás que tomo el nombre de insumisión en vano,

seremos cómplices de delitos que no están escritos en los códices, o tal vez sí,

y me besarás con la dulce iniquidad de los desamparados.

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No es oro todo lo que reluce pero tampoco es digno de represión,

en esta fragua cabemos todos o no cabría ni el más sublime rencor,

cercena tu estricto intelecto con el resbaladizo bisturí de la exhumación

para que los más impúdicos reflejos aniden en tu imaginación.

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Dicen, dijeron, que todo había sido fruto de una aparentemente inocua mutación

que habría dotado a los hombres del vigor necesario para amar,

para amarse, para construirse, para consumirse, para consumarse,

y que tras cientos de miles de años de evolución surgió el verbo.

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g. bruno 2013

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