Al llorar mi voz

ojo de fuego

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Y se abren las heridas mal cerradas

al escuchar una sinfonía o la corriente de un río,

escribir un verso nuevo

con saliva y precisión de ingeniero

sobre los vidrios de sus ojos azogados.

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Y se abren las heridas mal cerradas

al contemplar una pintura o un suplicio,

arrastrar sin fuerzas ni entusiasmo

mi cuerpo inerte de bosque arrasado

atravesando su mirada en llamas.

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Y se abren las heridas mal cerradas

al penetrar su túnel corpóreo y flagelado,

someter a juicio insobornable

la mueca de dolor de añorado maestro

enarbolado con lunas inherentes y sesgadas.

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Y se abren las heridas mal cerradas

al amar a un hombre viejo o a un espejo,

cubrir con semillas de amapola

espolvoreándolas con dedos de alacrán

su vientre de luz, cálido y húmedo.

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Y se abren las heridas mal cerradas

al abrazar su pecho de cardos y de rosas,

clavar mis espinas en su calma

sorbiendo los hilos de sangre y de savia

que surcan cárcavas su espalda.

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Y se abren las heridas mal cerradas

al llorar mi voz en sus palabras.

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g. bruno (Úbeda, julio 2013)

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