El deseo de penetrar un túnel y arder en su interior.

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Entretanto los caracoles habían vuelto a su tarea nocturna de arar la tierra y él se sentó a esperar la llegada sobria de los calendarios en el borde de la fuente. Aún era un tipo bello y robusto, de pelo en pecho, de siempre algo cargado de hombros, con unos 35 años, apenas vestía con unas gafas de abundante graduación, unas zapatillas raídas de andar por casa y unos blancos calzoncillos bóxer. Se sentía desasosegadamente intranquilo y nervioso pero una voz interior le suplicaba que disimulara sus sensaciones primarias para no levantar innecesarias sospechas. Eran las seis menos cuarto de la mañana y el sol aún no había empezado ni a bostezar. Tenía la sensación de no haber dormido en toda la noche, de no poder conciliar el sueño, de no poder poner en orden sus pensamientos. Su desvelado falo había empezado a crecer y endurecerse visiblemente transformando sus bóxer en una espaciosa jaima bereber. Sonrió. Le solía ocurrir cada vez que se levantaba de madrugada y salía despreocupadamente a la calle. A veces caminaba sin rumbo durante horas hasta el canto del ángelus, entonces, incapaz de encontrar el camino de vuelta, se sentaba en el borde de una fuente cualquiera de una plaza cualquiera. El murmullo y el repiqueteo constantes del fluir del agua le solían fomentar deseos de orinar. Echó un vistazo cauteloso a su alrededor para comprobar si algo o alguien podía verle y descubrió miles de ojos observándole descarnados y afables, como ensamblados a las fachadas de las viviendas, algunos camuflados entre las hojas de los limoneros, otros enarbolados entre las varillas de las antenas de televisión, Indeciso no se atrevió a airear su animada manguera para apuntar al centro del pilón de la fuente cual habría sido su primaria intención, pero sus caóticos pensamientos parecían materializarse y ocultos labios ingenuamente abiertos en disimuladas grietas de balcones y ventanas mascullaban serios chascarrillos y jocosos comentarios. En realidad, reflexionó fríamente, no tengo tanta necesidad de orinar, la presión que creo sentir no es más que un reflejo del fluir constante y susurrante del agua al brotar de la fuente. Decidió alejarse de esta tentación pétrea.

Sabía que tras una de esas puertas le esperaba, siempre le esperaba el hombre, el anciano pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. El anciano pequeño, peludo podría tener 70, 80, 90, años, cuanto más viejo, más profunda y seductora su mirada, cuanto más viejo más desgarradora y limpia su voz. Si hubiera podido sentir su respiración a través de las opacas paredes las habría taladrado con su broca enhiesta y habría atravesado los muros para rociarle con su lluvia dorada. El anciano pequeño, peludo, tenía las manos modeladas con harina de centeno, olían a pan, a siega, a hierba mojada, le gustaba besarlas, le gustaba lamerlas. A menudo le devolvían el sabor a su propio semen porque instantes antes había eyaculado sobre las manos del anciano pequeño, peludo, quien juntándolas a modo de cazoleta había recogido amablemente el resultado de su amante furor. Gozaba observando como el anciano se frotaba las manos con un suave masaje hasta que el fluido lechoso las penetraba y se amasaba con la harina de centeno; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. El anciano pequeño, peludo siempre estaba esperándole desnudo tras una puerta blindaba, tras un muro infranqueable, tras una vía muerta de ferrocarril, tras una ficha de dominó que cerraba y dejaba la partida en tablas. Tras un viejo raíl que al morir de espasmo mientras cabalga deja atrapado en su rígido ano el miembro de un inexperto jugador de dominó. Tras una de esas puertas le esperaba el hombre, el anciano, desnudo, mostrándole el camino hacia la vida, hacia la lucha, de espaldas agachado mostrándole el túnel abierto y frágil que tanto gustaba de recorrer exacerbado por la complacencia de los mil ojos que escudriñaban escandalizados desde la alegoría de la noche.

Aún era un tipo bello y robusto, de pelo en pecho, sus manos eran grandes y fuertes, sus dedos nervudos y decididos como ramas del roble. Sus yemas sensibles como estambres polinizadores. Cuando se abrían paso marcialmente por el oscuro túnel, el pequeño y peludo cuerpo del anciano se iluminaba como una aurora boreal. Así con los ojos semiabiertos, y la garganta semiahogada, podía llegar a comprender todo el conocimiento que la experiencia y la historia le habrían vedado. Todo el conocimiento que la ciencia y el espíritu le habrían emocionado. Aquel húmedo y dolorido túnel era la puerta siempre abierta al universo, la conciencia y el caos. Al final del dolor, el anciano profería un tímido pero febril gemido de próstata sobreexcitada. Un abrasivo magma surgido de las entrañas del pequeño e iluminado cuerpo inundaba los sentidos calcinando todo lo que encontraba a su paso.

Tras una de esas puertas cerradas le esperaba el hombre, el anciano, desnudo, mostrándole el camino. Ahora estaba perdido, aún era de noche, aún eran las seis menos cuarto de la madrugada como si el tiempo se hubiera detenido para permitirle reflexionar sin prisas, sin presiones. Poner en orden sus sentimientos, descubrir el origen de sus deseos, abarcar el sentido último de su fertilidad. Había recomenzado a caminar buscando tal vez una salida, seguía sin rumbo pero erguido, seguro, firme, resoluto, convencido de que hacía lo correcto, lo ético, lo verosímil, entretanto los caracoles habían vuelto a su tarea nocturna de arar la tierra, de sesgar el tiempo, dejando un rastro de plata tal vez para iluminar su propia calma. Desde las sombras miles de ojos inquisidores parecían juzgar cada paso, cada decisión, cada indecisión. Había perdido sus raídas zapatillas de andar por casa y ahora caminaba descalzo sobre el asfalto y sus pisadas firmes iban marcando sus huellas. El asfalto se reblandecía a su paso como una argamasa de limaduras de hierro, tuvo la sensación de caminar por arenas enfermizas.

Enfermizo vio al fondo la casa, la fachada conocida, la puerta entreabierta, el ascensor esperándole para elevarle hasta el nuevo cosmos, los pies manchados de alquitrán le delataban. Dentro del ascensor estaba, como de costumbre, el anciano pequeño, peludo. Desnudo. Podría tener 70, 80, 90 años, cuanto más viejo más introspección, más convicción, más explosión. Se situó estratégicamente tras él, le abrazó con todas sus fuerzas e introdujo su fulminante cipote en el deseado orificio carnal. Sin palabras, sin planes, sin acuse de recibo, sin dobleces, sin posibilidad de arrepentimiento, sin versos de amor, solo el lenguaje impertinente de sus fluidos corporales, su lengua lamiendo la coronilla del anciano pequeño. Sus manos acariciando el sedoso vello de su vientre. Sus emociones desbordadas. El ascensor se para, han llegado a la terraza. Salen despacio, acompasados, dando pasos cortos, sin desengancharse, sin desabrazarse, ante la expectación del grupo de invitados al coctel. Risas ahogadas, palabras rasgadas, silencios forzados, exclamaciones, suspiros roncos. Poco a poco los invitados van formando un cerrado círculo alrededor de los anfitriones. Se sientan en el suelo, esperan. Sus relojes marcan las seis menos cuarto y se generalizan los gestos de incomprensión mientras el silencio se va a apoderando de la noche. A lo lejos suena la sirena de una ambulancia o de una patrulla de policía, no es fácil distinguirlos alejándose en la distancia. El sol aún no ha comenzado ni a bostezar. Y la luna menguante, casi nueva, no alcanza a iluminar los rostros cansados y cómplices del grupo de invitados. Tal vez deberían haberse marchado hace horas, cuando aún las conversaciones giraban en torno a la gravedad de la Tierra y los polos magnéticos. Deberían haberse marchado antes de que las estrellas taladrasen el techo del salón obligándoles a salir a tomar el aire a la terraza. Están cansados pero deben aparentar frialdad y consideración hacia los anfitriones.

El tipo bello y robusto, de pelo en pecho, saca su reluciente pistón del lubricado conducto y, acercándolo a la vista de sus invitados, lo exhibe orgulloso mientras ellos lo rozan, lo acarician, incluso lo besan o simplemente hacen una respetuosa reverencia de reconocimiento. Mientras tanto alguien ha acercado una silla el anciano pequeño, peludo quien se ha sentado en medio del círculo con la boca ostensiblemente abierta, hambrienta. El tipo bello y robusto, de pelo en pecho, se acerca al viejo y le introduce en la boca su grueso glande que el anciano recibe con ensalivado deleite. Los invitados sonríen, el tipo robusto sonríe. El anciano sonríe mientras inicia la amorosa felación. Sus manos de centeno trepan por el robusto pectoral, henchido de virilidad, arando el bello trigal entre sus dedos de azada, va abriendo surcos de siega, dibujando trazos de luz con huellas de miel. El tipo bello toma entre las suyas las manos de centeno y se las lleva a la boca, lame sus palmas, sorbe sus dorsos. Las besa. Las manos de los ancianos, cuanto más viejos, más huelen a cerezas, cuanto más viejos, más nos acercan a la infinitud de la tierra. Así podrían pasar horas hasta el canto del ángelus. Horas. Mira a su alrededor y ya los descarnados ojos que parecían vigilarles desde las sombras han desaparecido, los presuntos invitados se han marchado, se marcharon hace horas, cuando aún las conversaciones giraban en torno a la gravedad de la Tierra y los polos magnéticos. Están solos y se aman. Un magma abrasivo recorre todo su cuerpo desde el cerebro a los pulmones, del corazón a las gónadas, y se desparrama a borbotones a través de su músculo viril inundando la boca del anciano pequeño, peludo, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. Quien agradece el alimento con un gesto de sumisión y deja que el magma de su amado recorra su esófago, su vientre, sus venas, su razón. Se levanta y camina conscientemente hacia la oscuridad, hacia la evanescencia, hacia la libertad.

El tipo bello y robusto, de pelo en pecho se encuentra poco a poco a sí mismo, solo, en la noche, en su oscuro dormitorio, la mirada perdida en unos extraños orificios que horadan el techo como si las estrellas lo hubieran perforado. Como si miles de ojos escudriñasen su sueño. Siente su cuerpo robusto y pesado, sus piernas cansadas, sus pies manchados de alquitrán, se lleva una mano grande y fuerte a la cara y siente aún el profundo olor a centeno del anciano pequeño, peludo. Olor a destino, olor a futuro, olor a semen. Con la otra mano, posiblemente la izquierda, con dedos nervudos y decididos como ramas del roble acaricia bruscamente sus testículos, ya vacíos, ya relajados, ya calmados; y su pene, grueso pero ya flácido, agotado pero ya saciado, aún caliente pero ya durmiente. Mira el reloj de la mesilla. Son las seis menos cuarto de la madrugada. Tiene la sensación de no haber dormido en toda la noche, de no poder conciliar el sueño. de no poder poner en orden sus pensamientos. Se levanta, resuelto, se pone con cuidado las gafas de abundante graduación, se calza las raídas zapatillas de andar por casa y comienza a caminar hacia la calle. Hacia la nada. Entretanto los caracoles habían vuelto a su tarea nocturna de arar la tierra, de reconstruir las ideas, de confundir las palabras. A veces caminaba sin rumbo durante horas hasta el canto del ángelus…

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