El tatuaje

Había cumplido una mayoría legal de edades y se sentía indoblegablemente rebelde e incomprensiblemente desorientado. Estaba estudiando una carrera corta y limpia aunque aún no tenía clara su intimidad ni su vocación. Había escogido su futuro guiado por una intuición inestable mientras todos sus amigos habían optado por supuestamente más sólidos destinos que consideraron supuestamente más masculinos.

Su tutor legal se lo había prohibido en repetidas ocasiones. Era un hombre con pocos estudios, con malos modales, con un empleo medio pero estable, con un matrimonio medio pero inestable, con un cuerpo medio pero inabarcable. Le había cuidado paternalmente desde muy niño y tenía mucho que agradecerle, mucho que odiarle, mucho que recordarle, mucho que respetarle. Que amarle.

Sabía temerariamente los inconvenientes de su decisión. Estaba grabando una inicua huella indeleble, no sólo en su piel, también en su historia, en su conciencia, en su soledad. En su fuerza.

Ahora ya tendrían algo tangible sobre lo que discutir, algo confesable, algo que sí podrían defender y repudiar con palabras, con desprecios y con testigos. Una dialéctica a la altura de cualquier contienda generacional, intemporal, incondicional, estereotipada. Como en cualquier otra familia, como en una relación normal.

Normal, que concepto tan destructivo. Entonces aún no lo sabía. Ahora al recordarlo casi se le ahogaba la voz al pronunciarlo, le temblaba el pulso al escribirlo, se conmocionaba al pensarlo su cerebro. Como la más soez de las blasfemias. La más cruel de las mentiras.

Pero en realidad el enfrentamiento había comenzado varios años atrás. La pubertad, la adolescencia. Dicen que uno podría llegar a dejar de ser uno mismo y transformarse en su propio enemigo. No es que la masturbación compulsiva nos deje ciegos, es que la convulsa reelaboración de nuestro inter-ego se nos muestra fabulosamente desintegrada e incontenida. Insidiosa.

Sus más íntimos tatuajes ya le habían marcado en esos años de deseo sin abrigo, sin respiro. De esos inviernos para la hoguera, para el olvido. En esas miradas tibias sin futuro y sin templanza. En esos indisimulados roces de desesperada furia e impaciencia. En esas fantasías de conciencia sin pecado que deconstruyeron su infame educación nacionalcatólica.

Fué un enfrentamiento vírico, desleal, sin esperanza, sin arbitraje. Él enarbolaba su inconsciente erección mientras su antagonista le oponía su insensible rechazo o su incomprensión. Pero ambos fueron incomprensivos, ninguno pudo ni supo al fin comprender, comprenderlo, comprenderse, ambos fueron mutuamente incomprendidos. Confundidos.

Qué útil, suponía ahora, habría sido que se hubieran sentado frente a frente a descifrar lo que sentían, cómo lo sentían o porqué lo sentían. A fin de cuentas su rival ya habría pasado por aquel trance, por aquella sinrazón. Debería saber que ese tipo de situaciones, este desorden de sentimientos, podría estallar. A fin de cuentas su indeseable deseo deseado ya habría pasado por aquello. Debería saber que a esa edad la explosión de la vida podría herirnos, podría matarnos. Y se repetía que era un hombre con pocos estudios, con malos modales. Y él aún casi no era ni un hombre, no era casi nadie. Fue una lucha injusta, informe y desigual. Y así fueron perdiendo día a día, durante años, todas esas pequeñas y tórridas batallas. Y con ellas perdieron su dignidad, se perdieron el respeto, se perdieron mutuamente, ganó el destino.

Le expulsó de su casa, de su vida, de su futuro. Y tuvo que aprender a vivir del fuego, de la tierra, del silencio y del frío.

Maduró sin más guías que el hambre, el insomnio y el derribo. Su cuerpo creció sin límites, sus manos se agrietaron de trigo, sus recuerdos se distorsionaron sin estribos y el tiempo se hizo cenizas sin dolor, ni arrepentimiento, ni penitencia, ni castigo.

Aún llevaba la huella de su nombre tatuada a sangre y yerro sobre su pecho acerado. Oculta en su rasgado verso o en el reverso de su vientre de amor forjado.

g.bruno 2013

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