La matanza del cerdo

No recuerdo qué edad tendría.

Vivía con mis tíos porque mis padres trabajaban en un teatro ambulante y desde los dos años me habían dejado al cuidado de mis tíos. Vivíamos en la Calle Concepción Arenal, en la casa familiar de mi abuela. Era una denominación bastante inusual en los años de la dictadura franquista, una calle, y bastante larga, dedicada a una escritora vinculada al pionero movimiento feminista de finales del siglo XIX, abolicionista y contraria a la pena de muerte. Eso sí, muy católica. Sin embargo, a pesar de tratarse de un homenaje a la libertad, todo el mundo conocía la calle como Carretera de la Puebla. Lo relevante es que tomando cada calleja que partía de esta calle se llegaba enseguida al campo. La más cercana a nuestra casa llevaba concretamente a una huerta.

Cada año se hacía en la familia la tradicional matanza del cerdo. Recuerdo que en esa huerta mi familia compraba el animal pequeño, al poco de nacer. Los dueños de la huerta se encargaban de criarlo junto a su madre y de cebarlo hasta que estaba listo para el sacrificio. El día de la matanza se instalaba una mesa “matancera” al inicio de la calleja. Los hombres de la familia y algunos de la vecindad iban a la huerta a por el animal y lo llevaban arrastrándolo, porque el animal se resistía, a lo largo de toda la calleja hasta la mesa. Allí un “matarife” profesional le clavaba el cuchillo y entre todos aguantaban los forcejeos que hacía desesperadamente el animal para escapar. Hasta que se desangraba y dejaba de moverse.

Después de trocearlo las mujeres se encargaban de la trituración y embutido.
Los niños solíamos permanecer ajenos a la sangre. Merodeábamos alrededor de un fuego que los adultos hacían en el corral y donde uno de mis tíos solía encargarse de hacer las famosas migas. Era un día de fiesta donde nos juntábamos con nuestros primos y algunos amigos de la calle y jugábamos por la casa. La matanza era cosa de los adultos.

Nunca me gustaron los productos que se elaboraban en la matanza. Recuerdo a mi abuela regañándome extrañada “¿Pero como no te puede gustar el lomo, si es lo más rico de la matanza?”. Ni el lomo, ni la morcilla, ni el chorizo, ni el tocino, ni el jamón. Especialmente recuerdo mi aversión al jamón. Lo masticaba, lo intentaba triturar con los dientes, se formaban hilos de fibra que eran imposible de deglutir, se me generaba en la boca un montón de saliva incómoda, empezaban las arcadas y terminaba por escupirlo. Era un verdadero problema porque la familia vivía todo el año de los productos de la matanza. Y yo era el niño “mico” al que no le gustaba nada de aquellos maravillosos manjares.

Pero fui creciendo.
Mi dormitorio tenía una ventana que daba directamente a la calle. Siempre me he solido despertar temprano. Cuando no era para estudiar era para leer. Incluso en esos años de adolescencia las madrugadas eran mi hora preferida para iniciarme en los juegos autoeróticos. El día de la matanza también estaba despierto. Oía el movimiento de gente por la casa. Oía a los hombres charlando de camino a la huerta. Y oía los desesperados chillidos del cerdo. No podría precisar cuántos minutos tardarían en recorrer la breve calleja, pero eran unos minutos eternos. Los chillidos se me metían por las sienes y me ponía nervioso. No quería salir de la habitación. Mi tía solía llamarme e insistirme para que me levantara. Oía a mis primos que llegaban a la casa.

No recuerdo qué edad tendría cuando me pidieron por primera vez que fuera a la plaza de abastos con un pedazo de carne del cerdo para que el inspector municipal lo examinase. Creo que fue mi primera contribución a la matanza.
Años después me pidieron que aprendiera a embutir la carne en los chorizos con una máquina trituradora. Yo era poco “manitas” y muy “miedica”. Y tenía miedo de cortarme. Aunque en cualquier caso las manos terminaban siempre llenas de sangre.

Y seguía creciendo.

Seguramente ya iba al Instituto cuando por primera vez me pidieron que fuera a la huerta con los hombres adultos a por el cerdo. Me asignaron la cola del animal. Desde el primer momento el animal empezó a chillar. Sabía perfectamente a donde iba y lo que le íbamos a hacer. Le llevamos a rastras a lo largo de toda la calleja hasta la mesa, le subimos a ella y el matarife le clavó el cuchillo en la garganta. El pobre animal no dejó en ningún momento de chillar y forcejear. A los que le sujetaban las patas les costaba mantenerlo. Le salía espuma por la boca. Movía los ojos constantemente como intentando mirarnos a todos y cada uno de los que le rodeábamos. Como buscando la compasión de alguno de nosotros. Yo solo le sujetaba la cola, era la extremidad que menos podía mover.

No recuerdo más. Supongo que ayudaría a llevarlo a la casa. Supongo que ayudaría a trocearlo, a picar la carne, a embutirla. Pero no lo recuerdo. Supongo que comería migas. Pero no lo recuerdo. Cuando intento recordar me duele la tripa, me tiemblan las piernas, me vuelve el sudor…

Lo siguiente que puedo recordar ocurrió años después. Ya estaba estudiando la carrera de Magisterio en la Escuela Universitaria de Badajoz. Compartía piso con varios amigos del pueblo que también estudiaban para maestros, cada uno en diferentes especialidades. Pasábamos la semana en un piso alquilado y los viernes volvíamos a Montijo. Algunos fines de semana nos quedábamos en Badajoz y asistíamos a alguna fiesta que algún otro estudiante organizaba en su piso. También nosotros organizamos alguna fiesta en el nuestro.
El fin de semana que se hizo la matanza no había prevista ninguna fiesta y todos mis compañeros se fueron al pueblo. Yo me quedé solo en el piso. Rememorando los chillidos de animal. Imaginándome junto a la ventana sin querer salir del dormitorio. Aquellos chillidos los recordaré siempre. Me perseguían. Me hacían temblar, me hacían sudar.

Al fin de semana siguiente me esperaba la gran bronca. ¿Cómo había podido quedarme en Badajoz sabiendo que había tanto trabajo que hacer, sabiendo lo mucho que me necesitaban? Ahora que ya era un hombre.

Afortunadamente mi familia ha dejado la costumbre de hacer la matanza. Yo soy vegetariano y de los cerdos me gusta todo, hasta los andares. Me gusta ver como las madres amamantan a sus crías, me gusta ver como juguetean, me gusta su ronroneo, su variedad de colores. Sobre todo me gustan los andares. Todo menos matarlos y comérmelos.

¡Ah! también me gustan mucho las migas. Pero solo con pan, ajos y pimientos. Es uno de mis platos preferidos.

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