Mi amiga Charo me ha enviado esta joya histórica y literaria escrita por Luis Antonio de Villena y publicada inicialmente en “La aventura de la Historia”, número de abril, en 2014.

Los tiranicidas: Héroes y amantes.

TIRANICIDASHarmodio y Aristogitón, atenienses, fueron tenidos durante toda la Antigüedad grecorromana como dos héroes políticos, que además eran amantes, según los baremos de la pederastia ática. Como veremos el amor y la valentía se tejen, pero es posible que hoy (para muchos gays especialmente) la historia de valor o arrojo amoroso esté por encima. Se trata –casi sin duda- de un hecho histórico cierto, muy adornado posteriormente por la leyenda y el arte. El historiador Tucídides fue el primero en narrar someramente la historia, al hablar de la tiranía en Atenas y de su máximo exponente, Pisístrato que la instauró el año 561 a. C. Descendiente de Pisístrato, por tanto, un “pisistrátida” era  Hiparco, el tirano al que se refiere nuestro relato. Dos jóvenes atenienses, el mayor Aristogitón, de una familia de mediana riqueza, y el más joven (el erómeno) Harmodio, de una familia rica, eran amantes.  Es incierto el motivo por el que ambos decidieron –junto a otros conjurados amigos- matar a Hiparco, el tirano. Parece que este había rechazado a la hermana de Aristogitón para que fuese canéfora en la procesión de las fiestas solemnes de las Panateneas. Las “canéforas” eran vírgenes distinguidas que en la comitiva sacra  portaban canastos en la cabeza (no se sabe con certeza que contenían los canastos, sin duda objetos del culto relacionados con la diosa Atenea) y que se cubrían o adornaban con mirto. Según la versión más cívica de los hechos este desdén individual, familiar, y el hecho de percatarse de que procede de un tirano, hacen que los amantes se conjuren para –llegado el día de las Panateneas y durante el desfile- asesinar a Hiparco. Pero ese mismo día, ven al tirano hablando con un tal Hipias –uno de los conjurados- y tanto Harmodio como Aristogitón temen una traición de este y posponen el crimen.  La Historia se preguntará en adelante (y hasta hoy mismo) si ese acto es un crimen, es decir, se preguntará sobre la licitud de “matar al tirano”. Pensemos que en la escolástica, en plena Edad Media, Tomás de Aquino, después de exponer las razones, declarará que sí es lícito matar al tirano cuando este ha sobrepasado ciertos niveles de oprobio e injusticia.

El hombre de Vitruvio 1Pero volvamos al relato. Cuando Aristogitón y Harmodio vuelven a su casa, tras haber postpuesto el tiranicidio, he aquí que se cruzan en una calle estrecha con el propio Hiparco, que además viene sin escolta.  En ese momento, ambos sacan sus puñales y seguros de lo que han de hacer caen sobre Hiparco, el tirano, que muere a cuchilladas.  Naturalmente ambos amantes son presos y después condenados. Harmodio es condenado a una muerte inmediata y a Aristogitón se lo tortura, antes de matarlo, con el fin de que declare el nombre de los otros conjurados. No sabemos si lo hizo. Pero de ahí surge la leyenda dorada de los tiranicidas, víctimas del afán de libertad. Ambos habrían muerto el año  514 a. C. Cierto que con la muerte de Hiparco no acabó la tiranía enAtenas, pues aún le sucedió otro pisistrátida ese Hipias que hablaba con Hiparco… Pero Hipias duró poco, pues el pueblo de Atenas, con el ejemplo de los tiranicidas, cuya leyenda empieza a crecer y ennoblecerse, se ha dado cuenta que la tiranía es un gran mal que abaja al pueblo que la tolera. Así (y tras la muerte de Hipias y el fin de la tiranía) el pueblo celebra a los dos amantes como héroes de la libertad, se visita su tumba conjunta para honrarlos  y se erige en el ágora ateniense una estatua doble a los héroes hecha por  Antenor y que se inaugura el año 486 a. C. Los tiranicidas son ya, así, realidad y leyenda.

Detalle (Busto)Pero en una de las guerras persas, Jerjes, el gran rey, saquea Atenas  (estamos en el año 480 a. C.) y en esa acción violenta destruye las estatuas de los tiranicidas: un hecho contra la libertad y contra el pueblo ateniense.  Según el historiador Pausanias fueron restauradas –vueltas a hacer- por mandato de Alejandro de Macedonia, claro admirador de las dos facetas de los tiranicidas. Según esa fuente sería Antíoco el autor de las nuevas estatuas, pero parece más probable que fueran obra  de Kritios y Nesiotes el broncista, y que el hermoso grupo que hoy se admira en el Museo arqueológico de Nápoles, sea una muy buena copia romana de este segundo original. Pero (como adelanté) hay una variante sobre la historia de los tiranicidas, transmitida por  Ateneo de Náucratis –siglo II d. C.- en su famoso centón o antología  de relatos y anécdotas “El banquete de los sofistas” (traducido en otras ocasiones como “El banquete de los eruditos”). Si en el primer relato prima el heroísmo sobre el amor, en este será al revés.  Supone Ateneo (que acaso sabía que la tumba de los tiranicidas era un lugar de peregrinación de los amantes masculinos) que Hiparco, el tirano, se habría enamorado del muchacho Harmodio, de singular belleza, haciéndole proposiciones en las que el chico saldría ganancioso.  Mas, fiel al compromiso adquirido con su erasta Aristogitón, el bello Harmodio rechaza a Hiparco. Este urde entonces una venganza que, momentáneamente (quizá no todo hubiese terminado ahí) consiste en rechazar a la hermana virgen de Aristogitón para el honor de desfilar como canéfora en las Panateneas. Ambas  cosas, el desdén hacia la hermana y el interés amoroso por Harmodio, son ingredientes que pesan en la venganza que es un desagravio. Pero otros suponen que la desdeñada sería la hermana del propio Harmodio, de familia más notable que la de Aristogitón. Lo curioso es cómo esta historia de amores cruzados y traiciones deviene otra historia en pro de las libertades cívicas, al darse cuenta los amantes, del mal que la tiranía supone, sentida en su propia carne.  El fin, con todo, es el mismo en el año 514: la muerte de ambos tiranicidas y su crecer en el fervor popular, dando lugar a una leyenda que la Antigüedad juzgó ejemplar y típica de la edad dorada ateniense: el amor a la libertad unido al amor de la pareja masculina de erasta y erómeno… En las estatuas Aristogitón (como mayor) es representado con barba y Harmodio (el efebo) imberbe. Como dice un fragmento del orador ateniense Esquines: “El amor es feo sólo si es vulgar. Cuando, en cambio, lo inspiran nobles sentimientos es hermoso y así de ninguna manera  debe avergonzar a un joven seguir a su amante.” Eso es lo que hizo Harmodio con Aristogitón, serle fiel por encima de las dificultades, logrando que esa fidelidad personal se convirtiera (una cosa no excluye a la otra) en odio contra el abuso de la tiranía. Es lícito matar al tirano que se excede y abusa.  Pero –insisto- tiene algo de misterioso y bello desde nuestro más prosaico hoy, contemplar como una historia de amor homoerótico y pederástico se convierte en un encomiable ejemplo de civismo. Casi equivalentes a Aquiles y a Patroclo, se suponía que Aristogitón y Harmodio, como héroes que habían entregado su vida al honor y al amor, vivían junto a los personajes de “La Ilíada” en las dichosas “Islas de los Bienaventurados”.  Mientras existió –al menos hasta la época de Adriano, aunque ignoramos si era auténtica- la tumba de los amantes siguió siendo un lugar de peregrinación cívico-amorosa donde se intercambiaban juramentos y besos.  Se atribuye a un tal Calístrato –aunque otros tienen sus fragmentos por anónimos- una “Canción de Harmodio y Aristogitón” que debía ser un escolio que se cantaba en los banquetes (de hombres, sólo las flautistas eran mujeres) acompañado por la cítara.  Un fragmento de Aristófanes, dentro de una comedia, sería presumiblemente el inicio de esa canción encomiástica: “Jamás hubo hombre alguno en Atenas…”

manuelEsta es la historia y la leyenda, porque ninguno de los dos componentes pueden faltar. Por lo demás, el lector actual puede aceptar la mezcla de las dos facetas (la política y la amatoria) o quedarse con la que prefiera. Es cierto que desde nuestra óptica presente –y viendo bien el componente homoerótico- la historia de una venganza por  celos o deshonra queda más cerca. Pero si pensamos con los parámetros antiguos (y diría que es lo que corresponde) la singularidad de esta archifamosa historia/leyenda obtiene su mayor encanto y eficacia del hecho de que dos amantes masculinos desairados, vieran en ese desaire el mal que para todo su pueblo constituía la tiranía, y así asesinando justicieramente al tirano Hiparco, se pusieran a bien con su propio amor y con el deseo de  libertad que fue una de las señas de identidad de la antigua Atenas. Con mucho sabor de época, valor cívico y amor entre hombres se daban la mano para constituir un ejemplo futuro que (hoy) posiblemente nos suene algo raro, aunque no podamos dejar de ver su hermosura. La bella estatua de los tiranicidas, en pie, no plenamente de frente, pero plenos de decisión: Aristogitón extiende un brazo y el espléndido Harmodio levanta el otro. Los dos –con barba, sin ella- se saben victoria.

dibujo 1Fuente:

http://luisantoniodevillena.es/web/articulos/los-tiranicidas-heroes-y-amantes/

 

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